
El concepto Hygge, que descubrí hace unos años gracias a Ilse Crawford, reúne todas esas características en las que creo no solo para mi hacer profesional, sino también para mi vida.
Este término habla del saber estar, de la capacidad de disfrutar el momento presente y de todo lo maravilloso que puede ser si le damos valor a las pequeñas cosas, a las cosas normales, cotidianas, conocidas. Ese estar con la gente que quieres, cómodamente, hablando sin prisas y disfrutando de un buen vino y una deliciosa comida. Ese estar en un lugar en el que te sientes cómodo, feliz, tranquilo. Un lugar bonito, cálido, confortable, en donde la luz, la música, el entorno te abrazan y protegen. Ese estar en disposición de, sinceramente, oír a quienes están con nosotros, escucharlos, dedicarles tiempo y afecto y recibir con gusto el tiempo y afecto que los otros nos regalan.
Así de simple y maravilloso: saber estar
Desde el bienestar, lo cotidiano, el cuidado, el tiempo y el estar presentes; y desde ahí relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos.
Hygge, reúne todas esas características en las que creo e intento aplicar en mi vida diaria. Porque como decía Ilse Crawford “lo que sucede cuando hacemos eso -cuando vivimos de manera Hygge-, es que nos hace mucho más abiertos a los otros y mucho más cercanos (…) ese, es un modo muy interesante de construir una comunidad”.
Esa es la forma de vida que quiero tener, que me esfuerzo en tener, esa capacidad de asombro y de bienestar que me permite tener los sentidos abiertos para poder tener empatía con los otros.


Esa es la comunidad que quiero ayudar a construir para mi, para mi familia, para mi hija. Una comunidad en donde prime el bienestar de todos, la capacidad de compartir y disfrutar de lo normal, porque al interiorizar esta manera de ver la vida, lo normal se vuelve especial, lo ordinario, extraordinario. Un simple trozo de pan el placer más maravilloso; unas flores sobre la mesa, un deleite a los ojos; una tarde de cocina, un momento para relajarse y disfrutar; una palabra amable, la alegría del día.
Volver a ver, tocar, probar, oír, oler… para re descubrir el mundo, para entender el valor de la estética como forma de vida.
Volver a hacer las cosas desde la fuerza del placer, el deseo, el bienestar… para descubrir que vivir así no es una cuestión individualista o egocéntrica, sino por el contrario, una manera de estar conectados con el mundo y entender que cómo nos relacionemos con este determina nuestro sentir en el mismo.
Volver a vivir a nuestro propio ritmo… para convencernos que sólo así podremos ser realmente felices porque habremos interiorizado que solo siendo consecuente con uno mismo, podemos serlo con el mundo.

Quiero Hygge en mi vida · Quiero una vida Hygge.

