A veces abro los ojos al mundo y me encuentro con un entorno que me agobia: noticias de odio y miedo, la crueldad de la indiferencia o del temor a lo diferente, personajes absurdos y poderosos, impotencia y una velocidad aturdidora que parece querer borrarlo todo por no tener tiempo de verlo. Es un mundo que me duele y que, por momentos, logra hacerme sentir pasmada ante tanta agresividad.
Entonces, cierro los ojos nuevamente.

No lo hago para negar la realidad, sino para proteger mi propio filtro, mi criterio. No quiero que mi mente se nuble ni que mi mirada se vuelva opaca. En ese silencio, miro hacia adentro buscando la llama (como esa de la que habla hermosamente Laura Esquivel en Como agua para chocolate), que siempre encuentro en la curiosidad y, tras respirar profundo, vuelvo a abrir mis ojos.
Esta vez los abro con atención, tiempo y detalle. Los abro para practicar la mirada lenta sobre todo aquello que me da esperanza y alegría: la luz de la tarde, el sonido del viento, el sabor de la mantequilla sobre un pan artesano o la honestidad en la sonrisa de mi hija.
Es ahí, en lo que otros llaman “las pequeñas cosas”, donde encuentro la fuerza que llena mis días. Por eso, hoy más que nunca, sigo creyendo en la revolución de las pequeñas cosas, en la posibilidad de hacer posible lo imposible, visible lo invisible.
Habitar la resistencia


Para mí, esta revolución no es un concepto abstracto; es una práctica diaria que intento aplicar en mi estudio y en mi vida:
· Parar y mirar, para salir del automatismo y detectar lo que se nos ha vuelto invisible.
· Editar conscientemente, para elegir lo que tiene sentido para mí e intentar dejar el ruido fuera.
· Defender el juego, para reclamar el goce, el placer y la capacidad de asombro (las “extrañezas”), como actos de justicia personal.
Tengo claro que a mi alcance no están los grandes cambios, pero sí los pequeños. Esos que se dan en los pequeños actos de cuidado sobre nuestro entorno. Me vale con eso. Es mucho más que no hacer nada; es decidir caminar por donde yo elijo y no por donde la inercia me empuja.
Creo en esta revolución porque me gusta pensar que un paso sigue al otro, que un pequeño acto -como buscar un color, rescatar un objeto con historia o atender a una sombra- anima a otros a encender su propia luz. Es una invitación a habitar la curiosidad y a recuperar la capacidad de asombro ante lo latente.

¿Te unes a la revolución de las pequeñas cosas?

