
«Eugénie permaneció sola frente a la mesa en la que sólo había una cafetera de barro cocido, un vaso de agua por si alguien tenía sed durante la noche y tres dientes de ajo de la cena. (…) Entonces vuelve a ver la mesa tal y como estaba la víspera… y su mirada regresa a la mesa donde sólo queda un vaso de agua junto a una cafetera y tres dientes de ajo olvidados. Entonces comprende que María… ha venido durante la noche y ha cambiado de sitio los dientes de ajo —algunos centímetros— y también el vaso de agua —unos milímetros más bien—, y que esa ínfima traslación de cinco elementos triviales ha cambiado el espacio por completo y, a partir de una mesa de cocina, ha engendrado una pintura viviente. (…) sabe con una certeza de hierro que lo que ha llevado a cabo María con tres dientes de ajo y su vaso es una composición del ojo que corteja lo divino, y entonces observa que, además de los cambios en la disposición de las cosas, ha un añadido que el sol revela al instante: una ramita de hiedra colocada justo al lado del vaso. Es perfecto. Tal vez Eugénie no tenga palabras, pero tiene talento (…) puede ver el equilibrio en el que la pequeña ha situado los elementos, la espléndida tensión que los habita y la sucesión de vacíos y de llenos sobre un fondo de oscuridad sedosa en el que se esculpe un espacio sublimado por un marco.”
Así de simple y maravillosa es la experiencia estética.
Así de simple debía ser nuestra experiencia cotidiana frente al mundo que nos rodea: inmenso, lleno de sorpresas.
A veces nos cuesta entender la facultad de mirar estéticamente, y aquí está Muriel Barbery describiéndolo con una nitidez asombrosa en su libro La vida de los elfos. Dos personajes, María y Eugénie, comparten su destreza.
La primera, sencilla y sensible, mueve los objetos cotidianos apenas milímetros y añade una ramita solo para que el conjunto se vea hermoso, para que se destaque o, quizás, simplemente porque le causa placer verlos así dispuestos. Porque no podrían estar de otra manera. No para ella. La segunda, mujer de campo, es capaz de reconocer en ese pequeño gesto la magnificencia del arte. Es capaz de dejarse emocionar y detener el tiempo para observar. Para sentir.


No sé si todos nacemos o desarrollamos la capacidad de señalar y enmarcar el mundo. Ciertamente es una habilidad de algunos. Pero todos podríamos dejarnos maravillar por lo que nos rodea. Y sin embargo, caminamos apurados y, con demasiada frecuencia, dejamos de ver. No nos permitimos parar, detenernos, tomar el tiempo por asalto y dejarnos llevar por los sentidos.
Para mí, sí es importante.
Aunque a muchos les parezca una exageración, una tontería, para mí es importante poner una mesa linda. Acomodar las flores para que resalten un rincón. Acompañar un momento con la música precisa. Parar en la calle para ver la luz del sol atravesando las ramas de un árbol. Mover un par de centímetros un objeto para que su color respire.
Pensar estéticamente es una costumbre que no quiero dejar de tener.
Hay quienes dicen: «Juliana, no pasa nada si el cuadro está un poco más alto o más bajo; si la rama encontrada en el campo y puesta en una botella está en el centro de la mesa o a un costado…”. Pero sí, sí importa. Las flores a un lado rompen el equilibrio obvio y crean otro más tenso, más interesante desde mi mirada. Si, si importa porque me causa placer, gozo. Porque me hace feliz ver cómo pega el sol en el cojín verde o porque me gusta que la casa huela a flores cuando llegamos. Quizás mis composiciones no cortejan lo divino como las de la pequeña María de Barbery, pero el placer de jugar a componer entornos me hace infinitamente feliz.


Mi invitación es sencilla: empecemos a caminar más despacio.
Veamos la complejidad de lo simple y dejémonos sorprender en este hallazgo. Una cafetera de barro, un vaso de agua, tres dientes de ajo y una ramita de hiedra pueden ser suficientes para descubrir la magnificencia del vasto mundo que nos rodea.
